TESTIMONIO DE COLETTE

Colette es francesa, su esposo es inglés y tienen dos niñas nacidas en los Estados Unidos:
Vivimos actualmente en Pennsylvania. Mi familia no es, o mejor debería decir, no era muy religiosa. Tanto mi marido como yo habíamos tenido malas experiencias con la Iglesia Católica y estábamos felices de mantenernos lo más alejados que nos fuera posible de ella. Y sin embargo, en marzo 2003, sucedió algo muy extraño.
El 17 de marzo, cuando la guerra con Iraq estaba por estallar, me desperté con la absoluta convicción de que el mundo se iba a hacer añicos y de que necesitaba hacer dos cosas: 1) crear un grupo de oración en mi vecindario para rezar por la Paz (jamás había hecho algo similar en el pasado y era incapaz de recordar plegaria alguna. Para colmo, éramos nuevos en el vecindario y la gente iba seguramente a pensar que no andaba bien de la cabeza; pero la sensación era tan fuerte y persistente que tenía que intentarlo). 2) IR A MEDJUGORJE (una amiga me había hablado de aquel lugar unos años atrás y sabía lo que ocurría allí). El llamado era tan intenso, que finalmente le dije a mi marido que debía ir allí inmediatamente.
Estaba atónita por todo lo que me estaba ocurriendo, pero por alguna extraña razón, no me lo cuestionaba. En mayo 2003, me anoté para una semana de peregrinación. En el momento en que subí al autobús, tomé conciencia de que sonreía todo el tiempo y que experimentaba una alegría inexplicable. No sabía por qué iba a Medjugorje. En el autobús, estaba rodeada por católicos muy devotos, muchos de los cuales iban allí regularmente. En lugar de sentirme segregada, me sentía aceptada. Nadie tomaba distancia a causa de mis preguntas, de mis dudas o de mi evidente falta de fe. Todas las personas con las que me encontré en este viaje parecían haber sido puestas ex-profeso para ayudarme en mi búsqueda.
En Medjugorje, absorbí el ambiente, la gente, los acontecimientos. Estaba maravillada por la gracia que parecía impregnarlo todo y a todos. Me pareció natural ir a confesarme, aunque doloroso pues era la primera vez en 30 años. Me parecía igualmente natural permanecer sentada en la iglesia durante horas; algunas veces hasta 9 horas diarias. Las oraciones de mi niñez me volvieron poco a poco y me sorprendí a mí misma recitándolas con fervor. De repente aquellas palabras cobraban sentido.
Estaba abrumada por tantas emociones. No podía dejar de llorar. Lloré mucho por el vacío espiritual de mi vida pasada, por su mediocridad comparada a todo lo que hubiera podido ser. Lloraba implorando misericordia, lloraba porque tomaba conciencia de lo sola que había estado durante tanto tiempo.
En Medjugorje; encontré gente con Fe. Sacerdotes con Fe. Lo sé, porque los he visto llorar durante la misa. No vi a María, no tuve ninguna aparición, pero sentí algo muy profundo, muy movilizador. Sentí Amor, Amor Incondicional, Amor Misericordioso que todo lo perdona.
Al finalizar la semana, estaba rezando el rosario con otros peregrinos, con mi fe recientemente encontrada creciendo dentro de mí. La Virgen me había tomado de la mano, y la tenía fuertemente asida, temiendo que se pudiera alejar de mí. En el viaje de regreso en el autobús experimenté emociones de toda clase. Como nos lo había dicho nuestro guía, la verdadera peregrinación estaba por comenzar una vez de regreso.
Temía que pudiese perder esa sensación de estar conectada a algo tan grande, tan poderoso. Tenía miedo de ser avasallada por el mundo y su implacable egoísmo. Pero no debía preocuparme. Como nos lo había dicho nuestro guía: Entréguenle a María todas sus preocupaciones, y ella se encargará de ellas‰. Desde mi regreso, mi vida fue una incesante sucesión de pequeños pero significativos acontecimientos que me mantuvieron en el buen camino. Le cuento el último:
Había cortado toda relación con mi hermano mayor por más de 30 años. Sufría de esquizofrenia y vivía solo en París, incapaz de trabajar o de mantener cualquier clase de vida social. Toda la familia se había terminado por alejarse de él, luego de muchos años de sufrimiento por su incontrolable violencia y aterrorizante locura.
Desde mi regreso de Medjugorje, descubrí que todos mis bien arraigados sentimientos de odio y resentimiento hacia él se habían de repente desvanecido. Veía claramente que deseaba renovar el contacto con él, hacer las paces y pedirle perdón. Comenzamos a intercambiar e-mails, tentativamente, compartiendo detalles de nuestras vidas en el presente. Esto fue en el mes de julio. Luego el 12 de agosto, recibí un llamado telefónico anunciándome su fallecimiento. Había tenido un ataque cardíaco, una de las tantas víctimas de la ola de calor que asoló a Francia este verano.
Su muerte fue un shock para mí. Estaba triste y al mismo tiempo sentía que se le permitía ir a un mejor lugar, un lugar donde no habría sufrimiento, soledad, dolor; rechazo de ningún tipo. Le agradecí a María por habérselo llevado consigo, y por la inmensa gracia de habernos dado este tiempo privilegiado de reconciliación. Toda mi familia quedó muy sorprendida por la conexión entre mi inesperado viaje a Medjugorje, mi reconciliación con mi hermano y su súbita partida.
Sé que todo esto puede ser interpretado como simples coincidencias. Pero cuando has vivido durante toda tu vida bajo la amenaza de una persona mentalmente enferma y que has aprendido a temer y odiar y que luego por una inexplicable gracia te sientes impelida a pedirle y a ofrecerle tu perdón, y que esa persona muere justo unas semanas después, una luz viene a correr el velo sobre un gran designio que no podías imaginar.
¡Ahora voy diariamente a misa! Mi vida está llena de esperanza y de paz. Estoy feliz de que gente como usted promuevan activamente Medjugorje y los mensajes de María. Deseo que todos puedan ir allí y experimentar por ellos mismos el poder de lo que está ocurriendo en ese bendito lugar. ¡Utilicemos los medios de comunicación para hacer llegar el mensaje de Amor y Esperanza de María a todos!

Actualizado (Martes, 23 de Febrero de 2010 12:52)

 

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