En conformidad con el decreto del Papa Urbano VIII y con la disposición
del Concilio Vaticano II, el escritor no tiene la intención de
adelantarse al juicio de la Iglesia en cuanto a la naturaleza
sobrenatural de los acontecimientos y mensajes mencionados en estas
páginas. Tal juicio concierne a la autoridad competente de la
Iglesia, ante la cual el autor se somete plenamente. Las palabras tales
como “apariciones, milagros, mensajes” y similares tienen aquí un valor
de testimonio humano.